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Yangon, 17 de agosto de 2002
De Birmania poco se habla. La luminosa Tailandia oscurece
el sol de este bonito país.
Al llegar a Yangon en agosto, se percibe
un olor a moho por las calles. Los hombres, ligeros, pasean
en longy, esa especie de falda angosta que los envuelve hasta
el tobillo. Un tráfico que no invade recorre las calles.
No hay caos. No como en Bangkok. Y no hay música por
doquier, sólo sonidos, voces y rumores.
La lluvia incesante te acompaña y te fastidia. Los
perros están por todas partes.
El fondo dorado del inmenso Swhedagon Paya consuela un poco,
tras el impacto con la escuálida capital.
El régimen ha oscurecido el aire de este bonito país.
Ha acallado las voces y aniquilado los ánimos.
Un birmano de 86 años, ex mayor del
ejército británico, me habla de Ne Win el general
dictador, de los muertos asesinados en 1962 y del programa
de gobierno: la vía birmana hacia el socialismo.
Son pocos los birmanos acomodados; todos ellos son militares
o simpatizantes del régimen. Hay mucha corrupción.
Los responsables de la energía, por ejemplo, dejan
a los hoteles sin luz por largos minutos. Es la señal
de cobro del soborno que hay que pagar para reanudar la conexión.
En el Pine Wiew Hotel de Kalaw ocurre hasta dos veces al día.
A hurtadillas, el botones nos confía que ya no se aguanta
más de tanto pagar.
Un sueldo estatal es de unos 10 US $ al mes y la jubilación
del amigo (el ex-mayor) es de unos 1.500 Kyat al mes
Oo Khine, nuestra guía, gana 50 dólares. Pero
ella es más afortunada porque trabaja para una compañía
privada.
También el padre Paul, de la misión
de Kalaw, tiene miedo. Se le lee en sus ojos y en la voz contenida.
Cuando ve a Khine junto a nosotros piensa enseguida que es
una espía. Sus palabras son entrecortadas, casi susurradas.
Dejamos muchos fármacos que hemos traído. Por
fin, en un momento de algarabía y ruido el religioso
le confía a alguien sus temores.
Aquí el correo no llega. Los emisarios del gobierno
leen todo lo dirigido a los que consideran sospechosos. También
abren las cartas certificadas. Todos están bajo control
en el Myanmar. El dinero a las misiones se manda gracias a
los turistas, el único medio seguro.
Hay espías por todas partes, dice el padre Paul. Cuando
te vuelves incómodo vienen por ti y ya no regresas.
Las escuelas en las misiones han sido confiscadas por Ne Win.
Ahora los maestros son enviados por el gobierno. Las monjas
y los maestros libres se quedaron por puertas afuera.
En Mandalay le dejamos un sobre con dinero al padre Jhon.
Por teléfono nos agradeció mucho. Con un hilo
de voz nos da a entender que el sistema "directo"
es el único modo para hacer llegar dinero a las misiones.
Aung San Suu Kyi es afortunada. Ya salió
de la cárcel, ahora está bajo arresto domiciliario
en Yangon. Es premio Nobel por la paz.
Las vallas de la propaganda gubernamental
campean por las calles con los programas de desarrollo del
país, que está hundido, desafortunadamente,
en la más absoluta miseria.
Sin embargo, se advierten leves señales de apertura,
en particular en los últimos dos años. Las zonas
antes vedadas e inaccesibles para los turistas ahora se están
abriendo lentamente. Pero la mayor parte del país todavía
es "off limits."
En Kyiang Tong, nuestro guía Sai
Htun nos habla de su devoción por el gobierno. Lo incito
un poco para que hable y salen a relucir barbaridades anacrónicas.
"la democracia es un peligro para la libertad".
"Demasiada libertad puede llevar un país a la
anarquía y a la ruina". "Es un deber del
gobierno controlar que no se hable de democracia". "Es
la garantía de que el programa de desarrollo y renovación
del país se lleve a cabo".
Estamos en el triángulo de oro. El
dueño del hotel de Kyiang Tong es un ex militar. Se
intuye por el tono de su voz y por el ambiente de cuartel.
Descubro que hace nueve años era el oficial responsable
de la zona que se extiende hasta la frontera con Laos y Tailandia.
Ahora está jubilado y me confía que es lo suficientemente
rico para darse el lujo de no trabajar más. Trabaja
de hotelero para matar el tiempo. Me enseña unos mapas
con itinerarios nuevos para senderismo. Los valles aledaños
está constelados de aldeas Akka, Palaung y Ann.
En Kyiang Tong visitamos un orfanato. Una monja que habla
italiano manda llamar a Charlie, un hermoso gordito de dos
años que habla tres lenguas, nos dice ella, que fue
arrancado de la pobreza de una aldea de las colinas. La monja
es dulce y fuerte. Es como entrar en un oasis. Hay limpieza,
los vasos con el dentífrico y los cepillos de dientes
están en orden en un estante, las camitas tienen los
mosquiteros recogidos.
Hay iglesia y escuela. También aquí la escuela,
construida por los religiosos, ha sido absorbida por el gobierno.
La profesora ha sido repatriada a Italia sin visa de vuelta.
Ahora en su lugar hay una birmana adoctrinada.
Los niños en coro nos cantan contentos una canción.
En los alrededores de Bagan, hemos visto
navegar por el río una balsa que transporta tanques
de fabricación china. Se dirigen a la frontera con
Tailandia; hay problemas en el triángulo de oro. Problemas
de opio, por supuesto. Bangkok está tratando de frenar
la producción de droga. La guía Sai, en cambio,
descaradamente, afirma todo lo contrario y hasta cuenta que
nadie cultiva opio por aquellas partes, salvo para uso medicinal,
como en las aldeas Akka. Se usa para cicatrizar heridas.
La compañía aérea birmana
ha cegado un número increíble de vidas humanas.
Por suerte ahora dos empresas privadas se encargan del tráfico
aéreo, en particular para los turistas. Pero los destartalados
aviones de Myanmar Airlines siguen volando con los asientos
destrozados y las portezuelas que ya no cierran bien. Se montan
en ellos sólo los birmanos.
Sin embargo todo aquí es tan mágico.....
Como suspendido en el tiempo.
El ritmo de vida se ha detenido no se sabe cuando y no ha
vuelto a emprender camino. En las ciudades, a las nueve y
a media de la noche están todos en casa. Como antiguamente.
En los campos, al ponerse el sol comienza el descanso.
Se cena a las seis y treinta, la hora del ocaso.
En las aldeas de las colinas de Kyiang Tong la hora es marcada
por el sol y el día dura lo que dura la luz.
Todavía hay tribus, las aldeas animistas con sus rituales
misteriosos y objetos que "no hay que tocar". Hacen
sacrificios.
Los Ann matan a los recién nacidos con defectos físicos
y hasta a los gemelos. Para echar a los espíritus que
han "lisiado" aquellos pequenos cuerpos, los desdichados
son masacrados públicamente. La aldea se junta y después
de ciertos ritos, los Ann apagan puros y cigarrillos sobre
el rostro y el cuerpo atormentado del recién nacido,
hasta matarlo.
Se camina descalzos por la aldea. Las mujeres
llevan originales tocados. Los niños más grandecitos
cuidan de los más pequeños.
Se hace poco el amor y cuando sucede es sólo para engendrar.
Es el hombre quien decide.
No existe el plástico. Los contenedores todavía
son de terracota o de piel. Pero hay una escuela. Una pequeña
escuela sobre la colina, donde acuden los niños de
cuatro aldeas. El maestro es enviado por el gobierno, por
supuesto.
También aquí hay estupor, maravilla. A pesar
de todo.
Al atardecer las pagodas de Bagan son lo
más sugestivo que se pueda admirar. Centenares de cúpulas
surgen de entre la vegetación. El río caudaloso
y lento, los montes enmarcan el horizonte y algunas cúpulas
de oro brillan al sol. Al atardecer la selva desprende humedad.
La atmósfera se colorea de rojo y, entonces, los pináculos
brillantes parecen dormitar en la neblina y prepararse para
la noche.
Mandalay nos acoge con las calles inundadas
por el agua de los monzones. Los ríos desbordados y
las cloacas se derraman entre las casas.
Racimos de tugurios emergen de los nuevos lagos de la riada
estacional. Los birmanos abandonan estas viviendas y se establecen,
por tres o cuatro meses, a ambos lados de las carreteras,
acampando entre los trastos y los animales domésticos
en espera de la estación seca. Cuando el lago se seca
la tierra se vuelve fértil y los desplazados del monzón
vuelven a sus casas.
Las casas de madera están suspendidas
sobre palafitos, en los campos de arroz. Pocos en Birmania
tienen casas de ladrillo. Por television sale una publicidad
donde se anuncia un generador de corriente; una pareja de
recién casados baja la escalera de la casa de madera
y paja y enciende el nuevo generador.
En el mercado de búfalos se negociaUn
veterinario, debajo de un cobertizo, se ocupa de vacunar con
una enorme y gastada jeringa entre las manos. Un lazo en la
trompa, una cuerda y una estaca clavada en el terreno son
la doma para el bovino.
Los niños cabalgan búfalos a lo largo de la
calle que lleva a Kalaw.
En Birmania se come arroz, hortalizas, pollo,
carne de res, pescado, huevos. Pero la cocina no ofrece mucha
variedad. Los sabores son siempre los mismos.
Aun así …la curiosidad no cesa; es que aquí
es todo tan .... diferente....
Los birmanos son tímidos, reservados,
muy religiosos. La imagen de Buda en las pagodas se repite
hasta el hartazgo. Se tiene la sensación de que la
cantidad de réplicas no se corresponde con su calidad
o bien a la preciosidad de su elaboración. Son todos
iguales entre sí estos Budas. Centenares en cada pagoda.
Millares de estatuas iguales entre sí. A veces horrorosamente
pintadas de rosa.
Khine me habla de reencarnación, del Karma, de Samsara,
del Nirvana. Del horóscopo birmano, despiadado con
quien nace en el día equivocado.
En los mercados se encuentra de todo. Comprar
es un deber para el turista. Hay rubíes, zafiros, jada...
además de las cosas corrientes. Un rubí siempre
se compra, cuesta sólo nueve dólares. Me imagino
que el gemólogo me explicará luego cómo
distinguirlo de un trozo de ceramica.
El lago Inle es espectacular. Con lanchas
aerodinamicas y potentes motores diesel atravesamos los jardines
flotantes. Estos terrones de tierra, arrancados al agua con
trabajo paciente, producen tomates, hortalizas, flores.
Los monasterios parecen flotar sobre el agua. Las livianas
embarcaciones de los campesinos, que reman con los pies como
gondoleros venecianos, son el carro, el arado, el tractor
de esta gente. Se desplazan únicamente en barca.
Los campesinos llevan sombreros de cono
de hojas entrelazadas. Los monjes por la mañana salen
con los pies desnudos para pedir la caridad o algo de comida.
Y todo es así…impalpable.
La atmósfera es mágica, perfecta,
suspendida en el tiempo, pero sigue habiendo algo que hace
falta aquí. Algo que no está relacionado con
la miseria, ni con la religión. Una atmósfera
que no se puede explicar, pero que se respira.
Es como si Dionisios, el Dios controvertido
del vino, de la sensualidad y de la energía vital,
estuviera en el destierro. La música, la transgresión,
la fantasía, el placer no acuden a rescatarlo. No hay
Derviches danzantes.
¡La perfección aparente de un régimen
es tan miserable!
Mediante la ebriedad dionisíaca de
la libertad, sólo dentro de la imperfección
de una democracia, con sus límites y sus mil complicaciones,
nacerá (ojalà sea pronto) la semilla del equilibrio,
de la victoria de la civilización sobre la barbarie.
He aquí lo que falta en Birmania:
no hay música.
El centelleo de las pagodas doradas y el misticismo de una
religión serena no son suficientes para aliviar el
ánimo de quienes viven aquí.
Falta el dulce sonido de la libertad. |