| 8 de enero 2001,
Bombay Aturdido después
de un interminable viaje de regreso empiezo a rumiar lentamente
las primeras impresiones. Las más deslumbrantes. Como
esferas de luz atraviesan mi imaginación sobrecargada
de imágenes.
¡Demasiadas cosas todas juntas!
Los monos, el encantador de serpientes,
el elefante.
Los templos, las vacas, los mercados. Y además el desierto,
las tiendas, los camellos. Y después las ratas. Madre
de Dios.
Los fuertes, las ciudades. Los desamparados. Los niños,
las propinas. La niebla, la contaminación…
En una parada, no sé donde, una
niña se agacha de toda prisa a recoger un estiércol
fresco de vaca. Combustible preciado.
Lo transporta en un cubo, para ser de inmediato recortado,
aplastado como una pizza y puesto al sol, como de costumbre,
sobre un tejado. Para que se seque.
Esta tortilla será utilizada para alimentar un fuego.
Encima, dentro de una olla hueca ennegrecida cocinarán
de todo. Luego, por la noche, en cuclillas, en círculo,
con los talones que tocan el suelo (posición improbable
para nosotros occidentales), aprovecharán del poco
calor para calentarse.
Las mujeres están envueltas en velos
variopintos. Elegantes, de vez en cuando las ves acarreando
pesos formidables sobre sus cabezas. Agua, rastrojo. Arena,
colada.
Llegan desde lejos, con un andar seguro. A veces sonrientes,
con estos increíbles pesos, menean las caderas y avanzan
como funámbulas por las calles maltrechas.
Los fuertes, baluartes del pasado, surgen
imponentes sobre los peñascos. Con sus bastiones, sus
potentes murallas. En el interior, a salvo, el palacio del
Maharajá. Las exquisitas filigranas, las rejillas transparentes
de mármol labrado desde donde la reina podía
observar sin ser vista.
Los espejos refractan una miríada de imágenes
reflejas. Como queriendo fragmentar y luego recomponer el
espectador. En la unidad del ser. Imagen muy cara a los budistas.
En los Upanishad se habla mucho de la imagen reflejada. Unidad
es toma de conciencia de nuestro uno dividido. Una confederación
de almas dentro de nosotros. Hay quienes dicen.
Que tan a menudo sofocamos y desconocemos. Pero que anhelan
salir para alcanzar precisamente: la unidad.
El palacio de los vientos en Jaipur. Cuantas
veces soñé poder tocarlo.
De frente, al lado, por todas partes, un barullo de sonidos,
de pitidos y de ruidos. El humo espeso de los motores de dos
tiempos. La conducción por la izquierda. Los desamparados,
los estafadores, los niños.
Te agarran de los pantalones, se aferran, te empujan, te dan
tirones, te piden. Saben bien cómo hacer. Petulantes
se apiñan alrededor tuyo y echan a recitar de un tirón
sus sonsonetes. Como un Mantra. ¡One pen! ¿Querrán
decir un bolígrafo o una moneda? ¡Vete a saber!
No tienen nada. Les puede hacer falta cualquier cosa. Pero
no se van nunca.
En los mercados se regatea. Las negociaciones
son agotadoras. Los menos acostumbrados le siguen a uno que
con una excusa les muestra el almacén. Se pueden hacer
buenos negocios. Pero no siempre.
Un hombrecito que vive por la calle tiene
un viejo aparato fotográfico. Posiblemente un daguerrotipo.
Manosea con misterio en su interior y saca una foto terriblemente
desenfocada. Una vaca pasa a su lado. Un poco más allá
un autobús rebosante de almas delgadas y con las rejillas
de hierro en las ventanillas empuja sin piedad en el tráfico
atascado.
La vaca sagrada continúa a esparcir mierda por todas
partes.
En Delhi se nace, se vive y se muere sobre
las aceras. Pequeños telones improvisados hacen de
techo (un eufemismo) a enteras familias enteras. Duermen amontonados,
todos juntos, tal vez acurrucados en sus harapos hediondos.
Por la mañana un débil fueguito fuera de la
tienda para calentar quién sabe qué.
Mierda y pis se hacen por la calle, en
los callejones, contra las paredes. No hay privacidad. Pero
sí hay algo de compostura. No hay descarados.
Los hombres se agachan hasta para hacer pis.
En Amber subimos a lomos de un elefante. Enorme, lento, forzudo,
nos lleva arriba hasta la fortaleza.
En una pequeña quebrada en las afueras
de Jaipur hay una colonia de monos. Cientos de monos.
No hay muchos turistas. Más arriba, sobre la colina,
está el templo del sol.
Nuestro chofer es un Sikh. Lleva un turbante
durante el día. Por la noche se cambia y se pone una
especie de pijamita. Se cambia el turbante. Para la noche.
Tiene una barba. La enrolla quién sabe cómo
y la lleva desde las mejillas hasta la cabeza. Entre el pelo.
Debajo del cubrecabeza. Vete a saber. Nadie nunca ha comprobado.
Es un hombre orgulloso, elegante, fiable. Un buen hombre.
En el desierto dormimos debajo de las tiendas.
Orión no dejó de incendiar el firmamento. Con
su espada amenazadora.
¡Que hermosa Jaisalmer! Por fin no hay vehículos.
Hay calma.
Pollo, pollo, pollo. Siempre pollo. Algunas
veces añojo (sheep?) . Los sabores son siempre iguales.
Desgraciadamente iguales.
Los jainistas son vegetarianos. Muchos no comen ni siquiera
huevos. Porque contienen: vida.
En cambio erigen templos en mármol labrado que son
verdaderamente magníficos.
En la iconografía del pasado aparece
el Kamasutra. Las posturas del acto del amor. A veces incluso
están esculpidas en la arenisca de los templos.
Hasta los leprosos hacen el amor en la India. Por suerte.
Escenas de vida campestre nos acompañan
a lo largo del viaje. Las mujeres son siempre presentes. Inconfundibles.
Envueltas en sus saris. Encorvadas en los campos de arroz
o limpiando el ají. Con sus tobilleras y sus pendientes.
La gota roja en la frente. Los ojos negros, las miradas intensas.
Las manos desgastadas por el duro trabajo.
Algunas cabañas, posiblemente unos establos, recuerdan
los Tucul africanos del Camerún. Dos bueyes tiran de
un arado en los campos. Un hombrecito delgado los dirige y
está de pies. Le saco una foto y me pide “one
pen”. ¿Querrá decir un bolígrafo
o una moneda?
En Deshnoke se encuentra el templo de las
ratas. Cientos de ratas que corren, trepan, duermen, holgazanean.
Les dan de comer y las consideran reencarnaciones. Se te suben
sobre los pies. Descalzos por precepto, lógicamente.
Algunos fieles se tumban en adoración en el suelo cubierto
de orina y excrementos de ratas. Más mierda. En la
India no te abandona nunca.
Un Sadu es un hombre que se dedica a la
oración. Vive de limosna y lleva consigo todo lo que
posee. Hay quienes los consideran unos santos. Doy con uno
en una aldea. Me trae a la memoria Siddharta. Uno de mis libros
más releídos. Pienso en Herman Hesse. En sus
viajes a la India. En su búsqueda interior, su contacto
con Jung. Me acuerdo de su célebre dialogo con Govinda.
Donde anuncia que sólo quien deja de buscar ha encontrado
la unidad. Y sólo quien la ha encontrado deja de buscar.
Quien ha encontrado la unidad lo hace dentro
de sí mismo. Según Siddharta no era más
que una disposición del alma, una capacidad, un arte
secreto de poder pensar la teoría de la unidad en cualquier
instante de la vida, de poder sentir y respirar esa unidad
por así decir.
Después Udaipur, la Venecia de la
India. Los palacios, la suntuosidad, el lago. Me imagino los
ingleses la primera vez que se hallaron allí.
Y además Gandhi. La alma grande.
La marcha de la sal. Sus huesos diminutos. Sus ayunos. La
no violencia. Activa. La independencia.
¿Cuántos de nosotros son
todavía capaces de esperar que los eventos se cumplan?
Astutos, falsos conocedores de nuestras almas vivimos en la
ilusión de alcanzar una especie de perfección
artificiosa. Casi ideal. Y en este bonito sueño nos
revolcamos y nos olvidamos que estamos viviendo. Cada momento.
Oscar Wilde dijo que la vida es aquello que va sucediendo
mientras pensamos en otras cosas.
Siddharta dijo que nada es imperfecto.
Es solo una actitud de nuestro espíritu que nos hace
ver el mundo de esta forma. Estamos todos tan necesitados
pero por esto mismo perfectos. Sólo hay que saber reconocerlo.
En nuestro mundo occidental la velocidad
se ha impuesto sobre la calma. La comunicación ya no
ocurre a través de la mirada. Un móvil es más
rápido y eficaz. El dinero es fuente, casi única,
de bienestar. Siempre hay que rellenar el tiempo.
¿Guiñar un ojo al sol es tiempo perdido?
¿Dónde está escrito que debemos sobresalir?
Esto, y otras miles de cosas que lentamente
volverán a mi memoria, es para mí la India.
La atmósfera que va dejando dentro de mí.
Un lugar precioso. Una ocasión para
conocer, adquirir, observar, husmear, comprender y…reflexionar
un poco.
Maurizio Paoli
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