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14 agosto 2003 – Tel Aviv

Las fronteras de Israel

   Un minúsculo Moshav a mitad de camino entre Hadera y Netanya es un excelente punto de observación para quienes quisieran curiosear en la vida cotidiana de Israel, país de guerra (país de la guerra – país en guerra, the first one is more in the sense of causing it), desgastado por los lutos y una patente crisis económica ya imparable.

   Haifa blanquea desde lejos con sus jardines Bahai que trepan por la colina y la cortan en dos, pero los turistas han prácticamente desaparecido. El aspecto es de opulencia, de una ciudad de mar que produce. Desde el puerto se asoma un dock (muelle) enorme para la recogida del grano y de la harina.
Un poco más al norte, los barrios de Acco, la vieja Acre, están despoblados, los negocios cerrados y los comerciantes más impávidos, los que se han quedado después del 11 de septiembre y de la Intifada, hacen descuentos del 50% y más en toda la mercancía (mercadería)
Hasta la muy antigua Cesarea está desierta y los restaurantes enmohecidos por el desuso.

   En Jerusalem, ciudad casi acorazada, la situación es todavía peor y los grupillos de peregrinos se mueven con una escolta de pistoleros. El Sagrado Sepulcro está semidesierto. El Muro de las Lamentaciones (Muro de los Lamentos) está vigilado por dos puestos de control en la entrada y en la salida de la plaza. La mezquita del Domo de la Roca no es accesible a los que no son musulmanes.
Algún valiente se aventura con tranquilidad en el zoco del sector árabe, confiando en su aspecto europeo y en la sensibilidad de ser reconocido como extranjero por la calma y el aire de no culpabilidad de quien no es cómplice en los hechos del conflicto. El más perjudicial (extenuante – according to the italian versión) de la postguerra.
¡Bendito sea Dios, funciona! Se dan cuenta de que eres externo, por tu ademán curioso y sin temor. Te hablan y te sonríen, a lo mejor para venderte cerámicas, o a lo mejor sólo para respirar otro aire en este tumulto. La normalidad, un sustento que no tiene precio, para volver a encontrar la esperanza de volver a esperar.

   Ilan y Ruth, mis amigos del Moshav no renuncian a vivir. Nadie aquí quiere dejarse someter por el miedo. No tiene sentido acorazarse en su propia casa esperando que la segunda Intifada termine.

   Así vive Israel. De esperanza, de valor y de un miedo oculto del que nadie habla. El fatalismo, la sonrisa, la calma dominan el malestar. El continuo esfuerzo de vivir a pesar de todo. La rabia hacia el mundo árabe por sus preceptos rígidos y su ambiguedad.

   Mis amigos del Moshav ya no creen en una resolución pacífica. Fueron moderados, muy críticos pero nunca agresivos. Ya no más, ahora creen en el sistema de violencia de Sharon, el mismo que han siempre han rechazado.
Se nota un velo de tristeza en sus voces. Es fácil leerla en la mirada de quienes por fin tienen una pequeña casita con las ventanas azules y dos maravillosos hijos por crecer.

   “Nos hemos metido nosotros en este lío” me confiesa Ilan, “¿pero ahora qué se puede hacer? Las dimensiones del conflicto han salido fuera de todo control, van más allá de cualquier razón. Quiero seguridad para mis hijos. Sharon hace la vida difícil a los árabes y donde las dan las toman. No nos podemos fiar de ellos. Me tapo la nariz y dejo que alguien que sabe lo que hace los mate. Como los árabes hacen con nosotros. Si hace falta una represalia, entonces que bien venga” y luego añade: “Los judíos existen, que al mundo le guste o no, aquí estamos y aquí nos queremos quedar, en paz si fuera posible”.

   Descubro con sorpresa que en Palestina no hay señales de frontera sobre la tierra. La resolución 181 del 1948 ha asignado a los hebreos de la diáspora un territorio que nunca ha sido demarcado con una raya, una red, un foso o unas piedras militares.
Salgo en bicicleta del Moshav e Ilan me detiene justo a tiempo: “Si giras a la derecha a los 3 kilómetros llegas a un pueblo árabe. ¡No es prudente!”
Pero la carretera no se interrumpe, continua hacia el este con señales y carteles. Nada te hace sospechar que estás en otro territorio, que has cruzado una frontera.

   Siempre me he preguntado como fuera (sería) la vida “más allá” de Israel. Ahora me doy cuenta de que esta línea no existe. El asfalto continua, no hay frontera y la mezcla de razas y religiones es total. Aquí Israel, allí Arabia. La osmosis es total. ¿Pero cómo es posible? ¿Cómo puedo reconocer, distinguir lo mío de lo tuyo? ¿Dónde está el límite, el confín? No hay, quiera Dios, no existe. Ha sido trazado sobre el papel hace años. Las fronteras ahora son el mar a la izquierda y el río Jordan a la derecha. La Franja de Gaza es una minúscula zona gris en el mapa de Israel. La West Bank ya no está indicada en el plano.
Ésto es lo que queda de la tierra de Palestina.

   Los pueblos de los Drusos son pequeños oasis de paz. Ellos se han quedado fuera del conflicto pero viven en Palestina.

   Tel Aviv palpita de vida. Por las noches los bares y los locales están abiertos hasta el amanecer. No hay tensión aparente. A lo mejor más cuidado, por miedo a una explosión, pero ningún malestar. La vida, por suerte, sigue adelante. Nadie se deja vencer por la idea de vivir en el miedo.
Los dieciochoañeros empiezan el servicio militar de tres años. Dos para las mujeres. Por las calles, en los autobuses, los trenes, en los bares, estos muchachos están en todas partes. Con sus uniformes y sus enormes rifles colgados del hombro como si nada fuera.

   El Coffee Hannan (el bar de las nubes) se encuentra en el punto más alto de las Alturas del Golán, un ex-territorio de Siria. Por un juego de palabras recuerda el nombre de Kofy Annan, el Secretario General de las Naciones Unidas. En la plaza sobre este pico, una mujer soldado explica a las reclutas un poco de historia del conflicto con la ayuda de los mapas de campo. Son todos muy jóvenes.
Damasco se puede ver desde lejos, a unos 60 kilómetros.

   También los Asideos, los religiosos vestidos de negro, con sus anchos sombreros y los rizos en lugar de las patillas, se pueden encontrar en todas partes. Reciben dinero del estado, pero la economía ya no es tan próspera. Es un gasto que están considerando cortar.

   El Kibbutz todavía existe y sobrevive, pero en algo ha cambiado. Hoy en día los miembros se han puesto de acuerdo para alquilar sus casas a forasteros a cambio de alquiler y dinero fresco. Los voluntarios son cada vez menos numerosos.
Yossy se ha mudado en (a) un Kibbutz en el norte con la familia. Antes vivía en Elat. Me cuenta que, apenás llegado, pudo contar nada menos que 27 golpes de cañón por una escaramuza entre la antiaérea libanesa y unos aviones que habían violado las fronteras. Me lo contaba sonriendo. Uno se llega a acostumbrar a todo.

   A (En) Zichron Yaacov se produce vino. Rotschild fue el financiador de la bodega social. Netanya es más tranquila. La playa está abarrotada de bañistas, por la mayoría franceses, no se sabe porqué.
Ruth me cuenta de su abuela escapada al del holocausto. De una maravillosa historia de amor y del enlaze de vidas diferentes antes unidas y luego separadas por los eventos. El nacimiento de la madre de Ruth, la desaparición y el reencuentro, sólo ahora, hace dos años, de la vieja señora después de cincuenta años. El encuentro, las explicaciones, los recuerdos, las piezas que recomponen la historia.

   No hay fronteras en Israel. ¿Por qué? El bueno se confunde con el malo, la luz con la sombra. Es suficiente cambiar el punto de vista, los papeles se invierten y las responsabilidades se vuelven enormes para las dos partes.
¿Qué sentido tiene separar? ¿Dónde? ¿Cómo? Si la osmosis es total, a lo mejor los buenos y los malos pueden compartir el mismo contenedor.
¿No es eso lo que ocurre cotidianamente en lo más profundo de nuestras almas? ¿Y si llegaramos a un compromiso dentro de nosotros mismos?

   Es una cuestión de tierra, ya no de religión. En el fondo, desde hace siempre esa es: tierra de Palestina.

 

Maurizio Paoli

 

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