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Essaouira, 27 de agosto de 2001

Los nombres de Marruecos evocan imágenes.

   Las sensaciones te calan hondo, hasta el alma. Los sonidos y los músicos te persiguen y te acompañan. Y te confirman que estás en aquel lugar, como también los olores, los aromas, los perfumes que saturan el aire. Es difícil encontrar espacio para el vacío en el Magreb. Hasta el desierto está lleno de estrellas. Por suerte.

   En Essaouira, a la madrugada la niebla te envuelve y se filtra por todas partes. Luego los pescadores llegan con sus barcas destartaladas y hediondas. Las redes coloreadas vierten su botín sobre los muelles del puerto. Las gaviotas, circunvuelan incansables en espera del bocado matutino.
Más tarde empieza a animarse la Medina, de arquitectura portuguesa, blanca, con las ventanas azules, como en Grecia. El océano está tremendamente frío; es imposible bañarse.
La ciudad parece una acuarela. El látigo del aire no te abandona nunca. Por la tarde hace frío.
Pero es tan bonito....

   La plaza Marrakech al atardecer se anima y se enciende. Los prestidigitadores y los encantadores de serpiertes improvisan funciones. El humo de los tenderetes se levanta y se desplaza como una nube compacta. Los brujos y los pregoneros recogen audiencia a su alrededor. El que caiga en el ardid pagará algunos Dirhan. Luego la alheña. Haisa, con su chador y los ojos muy verdes te toma desprevenido y te decora un brazo. Las mujeres se engalanan con tattoos. Los pies y las manos. Como en una película... pero aquí es todo real.

   En el Zoco andas tambaleante y alelado. El estupor te acompaña y te llena el alma. El regateo es realmente extenuante, pero imposible de evitar. Se negocia por todo. Desde el precio de la cena hasta el de las babuchas.

   En Fes, algunos músicos vienen a tu encuentro con tambores y castañuelas de metal. Flautas y banjos tocan una melodía al ritmo endemoniado de la percusión. Las tinas de los teñidores de piel desprenden un olor fuerte. Algunos jornaleros se meten hasta la cintura para pisar, tirar, aclarar y quién sabe qué más.
Por la calle se cruzan mulas cargadas hasta lo inverosímil. Un arriero grita: "balak" (¡cuidado!)
Los niños te siguen pero no te importunan. Los desamparados están tirados en la calzada y murmuran algo resignados. Aziz el guía, nos habla de su descontento por un Rey que se despreocupa de la gente pobre. Un licenciado sabe demasiadas cosas y podrían ocurrírsele extrañas ideas. Por eso es controlado por el régimen. Los médicos viven mal, dice Aziz.

   En la Kasbah hay calma. El lugar es recogido. El barro y la paja dan a los muros un aspecto macizo, pero son frágiles. Cuando llueve se derrumba todo. ¿Pero cuándo llueve?
El plató de "Té en el Desierto" se puede tocar... ¡increíble!. Cuántas veces había soñado con visitar aquellos lugares.

   En el desierto hay estrellas. Cuando te tumbas boca arriba se abre el telón y se enciende la más espléndida de las escenas. Los luceros son infinitos. La noche ofrece el más apasionante de los espectáculos.
"El cielo estrellado sobre nosotros… " recita Kant.

   En Gorges de Todra hay un vado. Un hotel cierra el valle. Las rocas a plomo sobre el río te confunden. ¿Pero dónde estamos? He dejado el desierto hace poco.

   En Meknes un guía habla en toscano de caballos Marismeños. En Volubilis estuvieron los romanos. El cardo y la vía decumana atestiguan su presencia. Dos nidos de cigüeña sobre el ninfeo dominan con sus pajas desaliñadas.

   En Erfoud hace calor. Un calor terrible. Estamos en la frontera con Algeria. La legión extranjera está aquí, a un paso. Los fortines de Corto Maltese están ahí, al alcance de la mano. Los espejismos toman cuerpo. Dejan de ser fantasía cuando todos los ven.

   En Rissani todavía hace calor: ¡cuarenta y seis grados!. Se venden alfombras, pero ya no se tienen más fuerzas para regatear. También en Errachidia hace calor.

Hace menos calor a dos mil doscientos metros, pero, sin embargo, no es fresco.

   La música de la película más famosa enciende la fantasía en Casablanca. Está Humprey. La atmósfera humosa y un poco turbia. Los bares, los ventiladores rotos. Las miradas huidizas de los árabes. Los ojos negros de las mujeres más emancipadas ceden el paso a las miradas cómplices de quienes todavía llevan chador.

   En Azrou, una aldea cerca de Fes, hay un burdel. Las gordas prostitutas, tras una rejilla de hierro, esperan a los desventurados clientes.

En una Kasbah encuentro a un hombre, quizás un viejo. Está solo, sentado sobre una piedra a la sombra. Junto a él hay una radio estropeada. Una música árabe en sordina le hace compañía.

En un Hotel encuentro a una mujer que me devora con los ojos. ¡Inshallah!...

   El grito del almuecín se sucede implacable desde los alminares y regula el ritmo de la jornada.
Durante una cena, los camareros se paran para orar, en dirección de La Meca, mientras los clientes siguen comiendo.

   Una garrapata impertinente sube por la pierna de una bonita mujer. Y un borracho se cae golpeando pesadamente la cabeza. Nadie lo socorre. Pasarán algunos minutos antes de que lo recojan.

Un niño te mira fijo y te pide un Dirhan. Un hombre lo pilla y lo echa de mala manera.

Las tiendas de los beréberes se entrevén a lo lejos, en el desierto.

   Youssef dice que ellos son los más dichosos. Conocen el dinero pero hacen poco uso de él. Viven casi de nada, en el desierto.
Quizás han entendido el juego de las pequeñas cosas.

   No esperan a los tártaros y no conocen a Godot. Viven cada mañana su despertar. Con sus mujeres, con sus infinitos hijos. Y el té de menta.

   En el desierto. Como en una película. Pero no de Bertolucci. Una nueva, inédita. Que se renueva cada amanecer.

 

 

Maurizio Paoli

 

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