Diciembre 2003, Cuzco
El convoy no remonta, no señor, como sería la norma, con curvas, jadear de máquinas y traqueteo de vagones.
Deja la ciudad subiendo en diagonal por un trecho, tal vez tres o cuatro kilómetros y luego se detiene. Un hombre se baja resoplando, desbloquea el cacharro, tira con fuerza de la palanca de la aguja y vuelve a subir al estribo.
El tren se pone de nuevo en marcha , un estruendo entre las casas, y sube otra cuesta por tres, cuatro kilómetros en sentido contrario. Se para, vuelve a bajarse el hombre, suelta el trasto, ejerce presión sobre la palanca del riel y así seguimos hacia adelante . Cinco tramos, cuesta arriba.
Cuando la locomotora tira, el maquinista puede ver delante de él. Y cuando la locomotora empuja, el encargado hace señales con un banderin desde el vagón de cola. Abre así el camino a la marcha atrás.
Todo esto ocurre entre las casas del ombligo del mundo, así le llaman a Cuzco en Perú. Entre sabanas tendidas, niños que juegan, mejillas aceitunadas, perros, pollos, mercadillos improvisados, sacos repletos de hojas de coca y ventanas a un palmo del tren.
Los pasos a nivel no existen y sobre los techos de tejas, una parejita de toros en miniatura es agüero de fertilidad y buena suerte.
Por la mañana desde lo alto de la colina, por las ventanillas empañadas y a través de la lluvia ligera, el perfil trémulo de las murallas incaicas. Luego, por la noche, regresando desde Aguas Calientes, Cuzco centellea de mil luces. Y devuelve al viajero toda la armonía de las edificaciones. La geometría de las plazas, la magia de los callejones, la majestuosidad de las catedrales.
Se entreven las paredes ensambladas, maravilla de la artesanía incaica. Las piedras son gigantescos monolitos trabajados con una precisión y maestría inimaginable ahora con las herramientas de esos tiempos. Entre las rendijas no se consigue deslizar ni un billete. No hay cemento ni otra soldadura. Las líneas son perfectas.
Las murallas de Cuzco son ahora el soporte o el fundamento alicaído de las edificaciones coloniales. La nervadura es incaica, aunque ya poco visible. La parte alta es española. Más reciente, decorada, moderna, hasta dulce, pero descarada y prepotente.
La cultura antigua fue decapitada por la conquista en el idioma y en la religión. El pueblo oprimido fue reducido casi a la esclavitud.
Pero se da el caso que el idioma quechua sobrevive. Gracias a Dios. Así como las murallas que hacen de eje a la ciudad moderna, la lengua antigua resiste. Se habla español y quechua al mismo tiempo. El imperio Inca de alguna forma transluce.
La tradición oral continúa. Hay quienes se hacen cargo aún hoy en día de mantener vivos en la memoria los legados del pasado. Un viejo animoso, analfabeto del Chinchero, repite con esmero los detalles de su historia. Es un libro viviente que cuenta y da vida al pasado.
Permanecen los ritos animistas, con sus símbolos tribales y los sacrificios a la Pachamama. Un poco más adentro, donde el crecido río Urubamba se vuelve infranqueable y se arroja en el corazón de la Amazonia , se encuentran los chamanes. Son lugares inmutables donde sólo los hechiceros tienen éxito y acceso.
El corazón se alegra un poco a la idea que la conquista española no haya conseguido "barrer" absolutamente todo lo que había por barrer.
Pizarro el patán, era un analfabeto. En 1532 con un puñado de hombres y por desgracia también algunos curas, mató, destruyó y aniquiló al pueblo Inca. Los pequeños hombres y sus infinitas terrazas de piedra.
Con las piezas de los templos construyeron iglesias barrocas, decoradas para la ocasión con espejos. A lo mejor para dilatar los espacios. A lo mejor para reflejar la propia imagen. Un modo para causar estupor, pues los Incas nunca habían visto espejos.
Al lado, pegadas a las iglesias, las sombrías oficinas de la inquisición. En uso en esos tiempos. La impiedad era la suma resolución para los desobedientes incrédulos.
"Ya no nos importa ni de España ni de los españoles" dice Blanca "Han pasado varias generaciones. Hablamos su idioma, pero estamos todavía orgullosos del nuestro que no ha desaparecido." En la familia se habla quechua con una pizca de orgullo.
Machu Picchu es un lugar encantador. Llegas desde arriba y te lo encuentras debajo. Con el Huaina Picchu que lo completa. Casi como si fuera una coreografía.
Llueve a menudo y por esto en 1911, el año en que fue descubierta, la ciudad estaba literalmente cubierta por un manto de vegetación.
Un lugar mágico. Los mapas esotéricos de los expertos en magnetismo lo señalan entre uno de los sitios con más carga de energía.
El guía nos muestra un peñasco particular, tal vez ritual. Me apoyo y siento un escalofrío que me recorre la espalda. Pasa rápidamente pero desprende bienestar.
El Urubamba ruge desde el fondo del barranco e invita a continuar hacia la Amazonia opulenta y misteriosa.
En Puno, a 3.700 metros, y en el lago Titicaca, el aire es delgado. Llegando desde la hermosa Arequipa, se empieza a sufrir el soroche (mal de altura). El dolor de cabeza casi nunca te abandona, la respiración se hace difícil y te parece que te fuera a faltar el aliento. Después de algunos días el malestar se aplaca.
Los nativos mascan por esto una gran cantidad de hojas de coca, que no es una droga, repiten siempre con firmeza. La hoja ayuda el cuerpo a soportar los fastidios de la altura. De hecho coca y cocaína son dos cosas completamente distintas y distantes.
Los Uros flotan sobre islas de juncos. Una vida singular la de ellos. Siempre ajetreados, amasando juncos secos. Es una cuestión de supervivencia. El fondo marchita y si no renovasen la superficie, se hundirían desdichadamente con todos sus cacharros. Les pregunto por que no se van a tierra firme. No me responden, se encogen de hombros. Mi padre nació aquí, me dice uno, y mi abuelo también, otro.
En Amantaní no hay animales. La isla no aloja ni perros, ni gatos, ni tampoco pollos o serpientes. Los habitantes son, por supuesto, vegetarianos y los niños te miran discretos, regordetes y coloradísimos. Los rayos ultravioletas a los 3.700 metros queman la piel como carne a la parrilla.
La Paz se encuentra en Bolivia. Más hermosa que nunca. Variopinta y multicolor. Un enorme hondón que te envuelve y desborda de muchas luces. Calles empinadas que trepan hasta el borde a los 4.100 metros. El fondo se encuentra a 3.700 metros.
En el centro grandes edificios y todo alrededor casitas pequeñas. Las luces por la noche. Un Belén viviente. Mercados en todas partes, en un callejón transversal se encuentra el de las brujas con filtros, amuletos y los horribles fetos de alpaca. Con los ladrones se regatea todo.
En Arequipa hay sol. No llueve casi nunca y hay muchas mujeres. Las más guapas. Salsa y merengue te acompañan por la calle. Un lugar donde vivir por una temporada.
Nazca y sus misterios están lejos. Las líneas toman forma sobrevolándolas. Son discernibles únicamente desde el aire, hendiduras, hechas quien sabe como, en la pampa de piedras oscuras. Pero parece que el enigma ha sido resuelto.
En el desierto, las momias de la civilización Paracas están recostadas en casitas remotas y delante del horizonte del mar, las Islas Ballestas blanquean con las infinitas colonias de pájaros, los leones marinos, los amores sobre la orilla y los gritos sin gracia de los otarios.
El vuelo del Cóndor de Chivay es ligero, poderoso, silencioso y majestuoso. Amigo. Se acerca, a pocos pasos, posado sobre una roca y te mira de reojo. Al principio severo, como si recitara la parte del macho. Luego benévolo y dulce observa sin temor nuestro silencio. Y nos habla a su modo.
El modo de quien ya no necesita palabras para comprender o hacer oír la propia voz.
Maurizio Paoli
|