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Sana'a 13 enero 2005

   El Yemen se ofrece dulcemente a los ojos subiendo hacia el norte, dejándo a las espaldas los torrentes de lava que se sumergen en el océano de Bir Ali y Mukalla, junto con los conos de los jóvenes volcanes visibles en sus formas más extrañas. Abriéndose paso entre las montañas se coge altura para ya no volver a descender. El paisaje es impresionante y la variedad no tiene fin. Las colinas se vuelven picos, luego van dulcemente perdiendo pendiente hasta llegar a confundirse con las dunas del desierto. En la arena, entre las tiendas de campaña de los beduinos, a una cierta distancia, se asoman los pozos de petróleo, una nueva fortuna para este rincón de la tierra tan pobre.

   El desierto se transforma, las dunas se allanan y aparecen los primeros pueblos. Las casas son más altas, de barro, paja y un mísero esqueleto de madera y desafían el pasar de los años.

   Shiban, la Manhattan de Arabia aparece de improviso con un perfil digno de una capital de Occidente. Los edificios cuentan hasta 7 plantas y la luz penetra con dificultad en las estrechas calles polvorientas y semidesérticas.

   La vieja y espectral Marib, antigua residencia de la reina de Saba, evoca imágenes de opulencia y los humos de los braseros a lo largo de las viejas rutas del incienso, abandonadas durante años y reemplazadas por las naves que iban y venían por el Mar Rojo aprovechando los vientos monzónicos.

   Estamos en el corazón de la Arabia Felix , en la época de Salomón, donde se cuenta tuvo lugar un encuentro de negocios entre la reina y el rey por la división de estas tierras. Aquí se narran las suertes de la antigua presa de Marib y de un valle fértil cubierto de palmas y plantas de frutos.

   El viaje continua y las carreteras de asfalto serpentean hacia el norte entre los valles más escarpados. Los pueblos están lejos y no es fácil alcanzarlos, se llega a los 3000 metros de altitud. Se sube andando o con vehículos todo terreno, sujetándose a los lados de la zona de carga del pick-up. La multitud de huertas aterrazadas suavizan el extremo desnivel de las pendientes y son testigo del trabajo y la laboriosidad de estas gentes tan extraordinarias.

   En Shahara las casas son de piedra y un puente antiguo colgante une las dos montañas contiguas sobre un barranco de 300 metros. El pueblo se muestra desde abajo y se yergue como hacia el nido de un águila con sus edificaciones que parecen querer alcanzar el cielo. A 2800 metros por la noche hace frío. El cielo salpicado de estrellas y una luna amarilla tumbada boca arriba te hace sentir sobre un planeta lejano.

   Una luz cálida entra a través de las pequeñas ventanas y se multiplica y se tiñe con los colores de los mosaicos de las vidrieras, o a través de las láminas finas del alabastro trabajado.

   Una carretera en el fondo del valle junta Sana'a con Sada's y rumbo al norte te encuentras rodeado por un paisaje espectacular de montañas y pueblos colgados de los peñascos más inaccesibles. Las edificaciones dan la impresión de tambalearse y se parecen a las casitas de mazapán de los cuentos de hadas, pero son de piedra, resistentes y bien aseguradas. Thula, la ciudad fortificada, es verdaderamente encantadora. Una enorme cisterna para el agua de lluvia excavada en las rocas y las ventanas redondas de alabastro rojo son el signo de distinción de las familias judías que vivieron en este lugar en el pasado. Sana'a, la capital, te envuelve y te atrae hacia las riquezas y los colores de su zoco. Las casas son unos pequeños cuadros y la visión de conjunto es surreal. Traspasada la puerta Bab El Yemen empieza la aventura dentro de las murallas en el laberinto de las callejuelas, perdidos entre los olores y el guirigay. Rimbaud, el poeta maldito, vivió aquí una larga temporada de su vida, en su juventud.

   Las mujeres llevan velos. Vestidas de negro con tan sólo una rendija para los ojos. Las miradas rápidas escrutan alrededor y comunican señales de todo tipo. Suelen ser delgadas, elegantes, llevan pantalones vaqueros que se pueden apenas adivinar debajo del chador. No está permitido hablarles. De vez en cuando se mueven en grupillos y desde lejos tienen un aspecto casi perturbador con sus siluetas esbeltas y las prendas negras, parecen ondas en las corrientes de las callejuelas.

   Poco se sabe de las mujeres. Los hombres cuidan de ellas (o así dicen) y a nadie les está permitido acercarse. De vez en cuando las muchachas descubren sus caras. El padre les deja vender objetos a los turistas y así a menudo se convierten en la mayor fuente de sustento. A veces los tacones de los zapatos occidentales se asoman por debajo de las faldas y a menudo llevan también guantes negros. En los mercados se venden vestidos escotados y ropa interior. Las mujeres se quitan el velo dentro de sus casas y visten al estilo occidental para sus maridos y con los hijos. Los índices de mortalidad infantil son muy altos y por esto las familias son siempre muy numerosas. Las turistas no están sometidas a ningún precepto y visten a la occidental con pantalones o lo que sea.

   La Jambiya es el grueso puñal que, siguiendo la tradición, los hombres llevan consigo aplastado contra el vientre y lo muestran con ostentación, sujeto a la cintura, con la punta mirando hacia arriba, el mango de cuerno trabajado en el detalle, la hoja ligera y muy afilada, y de vez en cuando cuelga hacia fuera con la funda del color que mejor lo representa: el verde. Tiras de cuero cubren la vaina y en el barrio de los artesanos de las cuchillas de Sana's se puede asistir a todas las fases de la fabricación de este utensilio, que aquí se lleva como en el Occidente se lleva una corbata.

   A la jambiya, símbolo de la virilidad, los hombres hoy en día han añadido el kalashnikow y las pistolas. Se han modernizado pero todavía no han asumido un aire agresivo. Los secuestros terminaron hace años con la introducción de leyes rígidas. Andar por la calle con la metralleta colgada al hombro es normal. Te sonríen cuando se cruzan contigo por la calle. Es sólo un elemento de disuasión, que sirve para asustar, para poner en guardia, no para ser utilizado en la vida de todos los días. Es normal entrar en los restaurantes que dan a la calle y encontrar los rifles apoyados sobre la mesa mientras los dueños están alegremente ocupados devorando con las manos un trozo de pollo y arroz. Como si nada, mueves el rifle y sonriendo matas el hambre entre gestos de aprobación.

   El Yemen es un mundo antiguo. Un país muy pobre. Un salto en el pasado para nosotros occidentales, allí el tiempo se ha detenido. El macho del subconsciente colectivo persigue fiereza, ostenta virilidad, busca supremacía. Esta actitud es patente, pero es todavía más perceptible en la lectura de los detalles, de los gestos, de las expresiones. Para quien sabe ir más allá de lo que se ve, es fácil entender que se trata sólo de una actitud, notar el ademán de complicidad, que la mirada está siempre lista a abrirse en una sonrisa, que los turistas son siempre bienvenidos y que el respeto a la hospitalidad es un deber sagrado. No se advierte nunca el peligro a pesar de las armas.

   Se percibe la distancia infinita de las costumbres, los modelos de conducta de los hombres y de las mujeres empotrados en los siglos, la dificultad de comunicación, aunque no sea verbal. La tendencia increíble a enredar las situaciones, incluso las más simples. Y los tonos de voz, el bullicio, el ruido metálico de utensilios desconocidos en el medio de un comedor. El simpático alboroto que te hace sonreír por su inutilidad: un muchacho que vende pan en la pequeña plaza echa a correr detrás de un adulto que por despecho ha ido a chocar contra su triciclo. Se arma un gran jaleo, pero todo acaba en un momento.

   Al mercado del qat regatear por este tipo de droga para pobres enardece los ánimos. Se trata de pequeñas hojas verdes que los Yemeníes mascan continuamente sin tragar hasta formar una bola grande verdosa y compacta que se acumula en la mejilla. Con el pasar del tiempo la piel de la mejilla suele perder elasticidad y volverse una masa amorfa de piel desgastada.

   Acaparar el qat más fresco es una competencia para los Yemeníes. Coches sobrecargados descienden cada mañana desde los valles del norte para llevar hojas frescas a la capital. Y en los cruces o en los lugares más improbables se intercambian las hojas.

   Se percibe la belleza de los lugares. Se percata un escenario de cuentos dentro de un marco de bullicio. Desde lejos, el candor de las fachadas, los detalles de ciertas decoraciones, el encaje perfecto de las edificaciones que une el pueblo y le da un aspecto compacto como si fuera una única casa.

   En Shiban por la noche cierran la grande puerta de acceso de las murallas. Un ritual antiguo, como se solía hacer en el pasado, en la época de los asedios.

 

Pasolini ha descrito el Yemen como "el país más hermoso del planeta".

 

Maurizio Paoli

 

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